Angela Davis en la UNAM: una universidad que habla de abolición mientras sus estudiantes denuncian represión.
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Por: Valeria Voraz by @BRANDIOSA
La contradicción no estaba fuera de la conferencia. Estaba dentro de ella.
Ciudad Universitaria estaba llena desde temprano.
Hubo estudiantes que llegaron desde las seis de la mañana para escuchar a Angela Davis. La Sala Miguel Covarrubias llenó su capacidad y la UNAM tuvo que habilitar otros espacios para seguir el encuentro.
No era para menos.
Angela Davis no es solamente una escritora.
Es una de las grandes voces del feminismo negro, del pensamiento antirracista y del abolicionismo. Una mujer que lleva décadas cuestionando el capitalismo, las prisiones, el racismo y las formas en que las instituciones producen y reproducen violencia.

Por eso el título de la conversación resultaba casi perfecto:
“Abolición, feminismo, ¡ahora!”
Pero también incómodo.
Porque mientras la UNAM abría sus puertas para escuchar a Davis hablar sobre abolición, justicia y estructuras de poder, dentro de la misma Sala Miguel Covarrubias surgieron denuncias contra la propia universidad.
Una protesta señaló a la UNAM como una institución “criminal y paramilitar” y denunció represión contra estudiantes y acompañantes de luchas por los derechos de las mujeres. También se exigió investigar las muertes de mujeres en Santa Martha Acatitla y se plantearon demandas relacionadas con trabajadoras sexuales, juventudes y el sistema carcelario.
Y entonces apareció la pregunta que quizá nadie había invitado al programa:
¿Puede una institución hablar de abolición mientras dentro de sus propios espacios se denuncian prácticas de represión?
No es una pregunta menor.
Tampoco es una pregunta que pueda resolverse con un aplauso.
Angela Davis no vino a hablar de instituciones perfectas
Davis ha dedicado buena parte de su trabajo precisamente a cuestionar la idea de que las instituciones, por existir y tener autoridad, son necesariamente justas.
Su pensamiento parte de otra premisa:
hay estructuras que debemos atrevernos a cuestionar.
Durante la conversación habló de feminismo, cárceles, capitalismo, racismo, violencia y comunidad.
Y una de las ideas centrales del abolicionismo feminista volvió a aparecer:
no podemos asumir que el castigo y el encarcelamiento son la solución automática a la violencia.
La propuesta es mucho más incómoda.
Preguntarnos qué entendemos por seguridad.
Quién tiene acceso a ella.
Quién queda fuera.
Quién es castigado.
Quién es escuchado.
Y qué estructuras producen las condiciones que después intentamos resolver mediante la fuerza.
La propia UNAM presentó el diálogo como un espacio para reflexionar sobre la idea de que las cárceles y la policía no resuelven por sí mismas la violencia de género ni la desigualdad, y sobre la necesidad de construir alternativas comunitarias.
Por eso la protesta que ocurrió al inicio no puede entenderse solamente como una interrupción.
También puede leerse como un síntoma.
Una parte de la comunidad universitaria aprovechó el espacio para decir:
“Nosotros también queremos ser escuchados.”
El problema no es que haya protesta
Y aquí hay que hacer una distinción.
El debate no debería reducirse a si estuvo bien o mal que alguien tomara el micrófono.
La protesta es parte de la vida política de una universidad.
La incomodidad también.
El cuestionamiento también.
Pero una universidad que invita a una pensadora como Angela Davis tendría que ser capaz de sostener precisamente eso:
la incomodidad.
Porque si solo queremos escuchar a Davis cuando sus ideas caben perfectamente dentro del programa institucional, entonces no estamos escuchando a Angela Davis.
Estamos escuchando una versión cómoda de Angela Davis.
“No me puedo imaginar un mundo sin libros”
En medio de todo esto, Davis habló de algo aparentemente sencillo: los libros.
Ante una pregunta sobre el futuro de la lectura frente a la inteligencia artificial, dijo que no podía imaginar un mundo sin libros.
Contó que lee desde niña y recordó cómo, durante su encarcelamiento, los libros fueron una forma de libertad.
Y ahí la conferencia volvió a tocar una fibra fundamental:
pensar también es una forma de resistencia.
Leer.
Preguntar.
Discutir.
Cambiar de opinión.
Escuchar una idea que contradice la nuestra.
Todo eso requiere algo que parece escasear:
tiempo.
Davis incluso recordó su experiencia dando clases dentro de prisiones y planteó una pregunta incómoda: si las universidades son espacios destinados a pensar profundamente, ¿qué ocurre cuando quienes están detrás de las rejas tienen más tiempo para leer, estudiar y debatir que muchas personas fuera de ellas?
La pregunta no era sobre las prisiones únicamente.
Era sobre nuestra sociedad.

Cuatro mujeres intentando construir una sola voz
La conversación también giró alrededor de Abolición, feminismo, ¡ahora!, escrito por Angela Davis, Gina Dent, Beth E. Richie y Erica R. Meiners.
Cuatro mujeres.
Cuatro trayectorias.
Cuatro perspectivas.
Y un ejercicio que parece sencillo hasta que intentas hacerlo:
construir comunidad sin borrar las diferencias.
Davis habló de la dificultad de pasar de la voz individual a una voz colectiva.
Escuchar.
Ceder.
Dialogar.
Ser humildes.
Trabajar desde diferentes disciplinas.
Porque investigar puede ser un ejercicio individual.
Pero construir conocimiento colectivo exige aprender a escuchar a otras personas.
Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes de la tarde.
La esperanza tampoco es pasiva
Cuando le preguntaron cómo encontrar esperanza en tiempos de gobiernos autoritarios, discursos antigénero, racismo y desigualdad, Davis habló de su infancia en Alabama.
Creció bajo la segregación racial.
Recordó un tiempo en el que las personas negras enfrentaban barreras para acceder a bibliotecas, museos y otros espacios de conocimiento.
La esperanza no apareció sola.
Se construyó.
Mujeres aprendiendo a leer.
Personas enseñando a otras.
Comunidades organizándose.
Movimientos creciendo.
Para Davis, el activismo produce esperanza porque demuestra que el mundo puede cambiar.
La esperanza no es sentarse a esperar.
Es hacer algo.
Y ahí está la contradicción
La UNAM logró reunir a cientos de personas para escuchar a una mujer que lleva décadas cuestionando el poder institucional.
Pero ese mismo espacio se convirtió en escenario de denuncias contra la institución anfitriona.
Y quizá eso no debería ser visto solamente como un fracaso del evento.

También puede ser visto como una prueba de lo que una universidad debería permitir:
que sus propias contradicciones sean visibles.
Porque una universidad no debería ser un lugar donde solamente se escuchan ideas cuando resultan cómodas.
Debería ser precisamente el lugar donde las ideas incómodas puedan existir.
Donde una estudiante pueda cuestionar.
Donde una comunidad pueda protestar.
Donde una autoridad pueda responder.
Donde el conocimiento no sirva para decorar discursos, sino para transformar realidades.
Angela Davis no vino a salvar a la UNAM
Y quizá esa sea la conclusión más importante.
Angela Davis no vino a legitimar a la UNAM.
Vino a hablar.
A pensar.
A incomodar.
A presentar un libro.
A recordar que la libertad no es un concepto abstracto.
Y que las luchas por justicia no pueden reducirse a discursos institucionales.
La pregunta que dejó esta tarde no es únicamente qué significa abolir las cárceles.
Es mucho más grande:
¿qué estructuras estamos dispuestas a cuestionar, incluso cuando forman parte de nuestras propias instituciones?
Porque resulta muy sencillo hablar de feminismo cuando tenemos el micrófono.
Lo verdaderamente difícil es escuchar cuando alguien nos dice:
“También estamos hablando de ustedes.”
Y quizá esa sea la paradoja de esta visita:
la UNAM abrió un espacio para que Angela Davis hablara de libertad y, al mismo tiempo, tuvo que escuchar a quienes dicen que esa libertad todavía no existe para todas dentro de sus propios muros.
Eso no invalida la conferencia.
La vuelve más importante.
Porque si algo nos enseñó Angela Davis es que pensar también significa atreverse a mirar nuestras propias contradicciones.
Y una universidad que realmente quiere hablar de abolición, feminismo y justicia debería empezar por una pregunta sencilla:
¿Estamos dispuestas a escucharnos cuando la crítica también nos señala a nosotras?



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